Identidad, comunidad y viralidad: los dilemas del mundo hiperconectado

Dr. Alejandro Tapia de Jesús*
Colaboración con Heraldo de Chihuahua
Vivimos en una época sin precedentes en la historia humana. Nunca antes tantas personas habían tenido la posibilidad de nombrarse, mostrarse, organizarse y pertenecer con tanta rapidez. En cuestión de segundos, una identidad puede hacerse visible; en cuestión de días, puede encontrar comunidad; en cuestión de semanas, puede convertirse en tendencia global. La hiperconectividad no solo ha transformado la comunicación: ha modificado profundamente la forma en que construimos nuestra identidad.
Hoy observamos una diversidad identitaria sin paralelo histórico. Tribus urbanas, colectivos digitales, movimientos ideológicos, subculturas estéticas y comunidades virtuales conviven en el mismo espacio social. Lo que antes estaba fragmentado por fronteras geográficas, ahora se encuentra interconectado en redes globales.
Entre estas expresiones contemporáneas, el fenómeno therian se ha vuelto particularmente emblemático y polémico. Los therians son personas que reportan una identificación simbólica, espiritual o subjetiva con animales. Para algunas voces sociales, esta expresión representa un retroceso cultural o un síntoma de desorientación social. Para otras, constituye una forma legítima de autodefinición y pertenencia.
Sin embargo, más allá de los juicios inmediatos, el fenómeno therian ofrece una ventana para analizar dinámicas centrales de la era digital: la necesidad humana de pertenecer, la construcción narrativa del self, la viralización acelerada de etiquetas identitarias, el impacto del rechazo social y la tensión entre autenticidad y performatividad en un mundo donde la identidad se vuelve visible y cuantificable.
La necesidad de identidad no es un fenómeno reciente. Erikson (1968) describió la identidad como una tarea psicosocial central del desarrollo humano. La llamada “crisis de identidad” no implica patología, sino un proceso normativo de exploración y consolidación del self. De manera complementaria, Tajfel y Turner (1979) demostraron que una parte significativa del autoconcepto proviene de la pertenencia a grupos sociales. No solo soy, sino que soy parte de. La identidad social organiza la autoestima, la comparación intergrupal y el sentido de significado colectivo.
Lo que ha cambiado radicalmente no es la necesidad, sino el contexto. Las redes sociales eliminaron barreras geográficas, ampliaron la visibilidad y aceleraron la validación. Identidades que antes permanecían locales o invisibles hoy encuentran eco global. La pertenencia dejó de depender exclusivamente del barrio, la escuela o la familia: ahora puede encontrarse en foros, plataformas y comunidades virtuales.
Ante este escenario surge una pregunta central: ¿Estamos ante una crisis de identidad o ante una transformación histórica de los mecanismos humanos de pertenencia en un mundo hiperconectado?
Fundamentos filosóficos, neurobiológicos y psicológicos
La identidad ha sido históricamente comprendida como una construcción relacional. Desde la filosofía clásica hasta la psicología moderna, existe consenso en que el ser humano se define en relación con los otros.
Freud (1923) sostuvo que el yo se forma mediante identificaciones tempranas. Lacan (1949) propuso que el yo surge en el reconocimiento de la propia imagen mediado por la mirada del otro. Foucault (1976) añadió que la identidad es también producto de discursos históricos y relaciones de poder.
Desde la neurociencia, el self se entiende como una red distribuida. La red neuronal por defecto participa en la autorreferencia y la narrativa autobiográfica (Northoff et al., 2006). Las neuronas espejo facilitan empatía e identificación social automática (Molnar‑Szakacs & Uddin, 2013).
La identidad estable requiere metaconsciencia: la capacidad de observar los propios pensamientos, regular emociones y construir coherencia narrativa.
Desde la psicología narrativa, McAdams (2001) planteó que la identidad es una historia de vida internalizada. Las tribus urbanas pueden funcionar como estructuras simbólicas que proporcionan coherencia y pertenencia.
Estas perspectivas permiten entender que las identidades contemporáneas —incluyendo las más controversiales— no emergen en el vacío, sino en contextos culturales específicos marcados por la digitalización, la aceleración y la incertidumbre social.
Por tanto, aceptar o rechazar el fenómeno es un desgaste y estancamiento, por el contrario, analizar la información que proporciona cada uno de sus componentes, nos permitira entender y relacionarnos mejor con el.
Identidad, tiempo y conciencia
La diversidad identitaria no es la crisis. La crisis es la aceleración sin reflexión. Tal vez el verdadero desafío de nuestra época no sea la multiplicación de identidades, sino la capacidad de sostenerlas con conciencia.
El fenómeno therian —como otros movimientos controversiales— no debe reducirse a burla ni a alarma moral automática. Funciona como síntoma cultural que revela necesidades humanas profundas: pertenecer, ser reconocido, construir sentido. Puede ser que se sostenga en el tiempo, que evolucione o simplemente que sea un reflejo de lo que estamos viviendo socialmente.
La pregunta no es si debemos permitir nuevas identidades. La pregunta es cómo acompañar procesos identitarios con reflexión, paciencia y respeto.
En una cultura que mide el valor personal en cifras digitales, detenerse puede ser un acto revolucionario. La identidad no se construye en la velocidad, se construye en el tiempo, y el tiempo —en una era hiperconectada— es quizás el recurso más valioso que podemos recuperar.
*Profesor de tiempo completo del Departamento de Salud de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.




